La asesina con celos del hijo de su pareja

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Tristeza o arrepentimiento del bien de los demás. Emulación, deseo de algo que no se posee.

La envidia es el sexto de los siete pecados capitales y el caso elegido sigue grabado a fuego en el corazón de los guardias civiles que buscaron durante once días al pequeño Gabriel Cruz Ramírez en Cabo de Gata. El niño tenía ocho años cuando desapareció. Cerca de las tres y media de la tarde del 27 de febrero de 2018, el pequeño salió de la casa de su abuela en Las Hortichuelas para jugar con unos amigos en una casa a escasos cien metros en línea recta. Él nunca vino.

Las Hortichuelas es un pequeño pueblo con poco más de 80 vecinos empadronados que en invierno no llegan a los veinte. No es por nada y no hay nada que te haga desviarte del camino. Gabriel había recorrido ese camino muchas veces. Como explicó su madre, Patricia Ramírez, en una de sus primeras intervenciones públicas durante la búsqueda: “Gabriel no se ha perdido. Él sabe exactamente dónde está la casa. Ha estado muchas veces. Es un chico inteligente y bueno. Si le hubiera pasado algo, hubiera gritado y nadie escuchara nada”.

Sin querer, Patricia adelantó lo tristemente sucedido esa tarde en ese camino de terracería. Gabriel no gritó ni se perdió. El niño confiaba en la persona que lo subió al auto.

Patricia y Ángel llevaban un tiempo separados. La relación fue buena, después de unos momentos de tensión. El padre vivía desde hacía un año en Las Hortichuelas con Ana Julia Quezada, una dominicana a la que había conocido en un bar de Las Negras, donde ella había llegado cuatro años antes procedente de Burgos.

Las Hortichuelas, Las Negras, ambas poblaciones pertenecen al parque natural de Cabo de Gata, en Almería. Uno de los pocos lugares de España que ha conseguido salvarse de la especulación urbanística y que conserva enclaves paradisíacos, sin apenas gente en invierno y los visitantes que los llenan en verano. Lugares donde prácticamente todo el mundo se conoce y pueblos donde nunca pasa nada.

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Ángel denunció la desaparición de su hijo esa misma noche en el puesto de la Guardia Civil de Níjar. Alertó a su ex esposa y se inició una búsqueda en toda la ciudad. Al día siguiente y con la luz del día, la búsqueda se extendió a los alrededores por temor a que el pequeño se hubiera confundido. No se descartó ninguna hipótesis, aunque el foco estaba en un individuo que tenía una orden de alejamiento en vigor de su madre tras varios episodios de acoso.

La Guardia Civil investigó al individuo y comprobó que justo en el momento de la desaparición se había desconectado el dispositivo de localización que le habían colocado. El hombre fue detenido por incumplimiento de la pena, pero no se encontraron más indicios o pruebas relacionadas con la ausencia de Gabriel.

GRAFAND001.  ALMERÍA, 18/09/2019.- Agentes de la Policía Nacional trasladan a Ana Julia Quezada, única acusada por el asesinato del niño Gabriel Cruz, a la Audiencia Provincial de Almería, donde se celebra el juicio contra ella y donde hoy La magistrada Alejandra Dodero, que preside la audiencia, entregará el objeto de la sentencia al jurado popular que la juzga, quien deliberará hasta obtener un veredicto de culpabilidad o no del imputado. EFE/Ricardo García

Agentes de la Policía Nacional llevan a Ana Julia Quezada a la Audiencia Provincial de Almería, en septiembre de 2019

EFE

Pasaban los días y esos cien metros de camino de terracería se hacían y deshacían con angustia. La búsqueda llegó a movilizar hasta cinco mil personas entre voluntarios y profesionales. Dicen que ha sido el más grande hasta ahora en España. A la policía judicial del Cuartel General de la Guardia Civil de Almería pronto se sumaron especialistas de la Unidad Operativa Central (UCO). Los padres querían compartir la búsqueda con los medios, con frecuentes apariciones y entrevistas que mantenían a España en vilo. Gabriel, conocido como el Pececito por su fascinación por el mar, se coló en el corazón de quienes seguían minuto a minuto su misteriosa ausencia.

En medio de la búsqueda retransmitida en directo por los medios en todos sus formatos, los investigadores no ignoraron la actitud de Ana Julia. Su papel fue excesivo, acaparando un papel que no le tocaba. Si tenía que llorar, ella era la que más lloraba. No se separó ni un segundo de Ángel, respondió por él, contestó su teléfono y, para que el padre estuviera “tranquilo”, se encargó de darle unas pastillas que lo tenían medio loco.

Uno de los días, Ana Julia es entrevistada en Radio Galega, donde llora y ruega “a la persona que tiene nuestro hijo que se lo devuelva”. Y asegura que la familia entregará una recompensa de 10.000 euros a quien dé una pista fehaciente del paradero de Gabriel. Nadie hasta ese momento había recaudado una recompensa.


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Los investigadores centran cada vez más su mirada en la mujer y sobre ella comienza una discreta investigación paralela. Están convencidos, por lo que está contando, que Gabriel está vivo con la ayuda de algún cómplice, y que el móvil es barato. Repasan las declaraciones de las primeras horas. Ana Julia aseguró que amaba a Gabriel como a su hijo; mientras que Patricia explicó cómo el niño llegó a casa llorando más de una vez, luego de un episodio con la novia de su padre.

Algo no cuadraba. La investigación les lleva a Burgos, donde descubren que una hija de la mujer, Ridelca, de tan solo cuatro años, murió en extrañas circunstancias al caer por una ventana a un patio interior, en un séptimo piso.

Les faltaba una pista que ella misma se encargó de dar. Al sexto día, la mujer convenció a Ángel para salir a buscar en una zona de Rodalquilar, cerca de una depuradora, donde, casualmente, vivía la expareja de Ana Julia. En un momento en que estaba sola y adelantada a los demás, comenzó a gritar que había encontrado la camiseta de Gabriel.

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Ana Julia Quezada, de rojo, fue trasladada a Rodalquilar, en Níjar, para una reconstrucción de los hechos

EFE

Ese hallazgo fue un golpe de esperanza. Pero los investigadores pronto supieron que solo ella pudo colocar su prenda y que no era la que vestía el pequeño al momento de su desaparición. La camisa todavía olía a suavizante y estaba estirada en un lugar que ya había sido inspeccionado.

A partir de ese momento, Ana Julia fue seguida permanentemente las 24 horas del día, con la esperanza de que condujera a los guardias civiles hasta el pequeño, que estaban convencidos de que seguía con vida. En su coche le instalaron micrófonos que escuchaban en directo y una baliza para geolocalizarla.

Los investigadores esperaban el traspié ocurrido el pasado 11 de marzo. Ana Julia llevó a Ángel a un hotel para encontrarse con Patricia y los dejó haciendo unos mandados. Acudió a la finca de Rodalquilar, propiedad de la familia de su pareja y que visitaba a diario desde su desaparición. Con la cámara y el objetivo de precisión, uno de los guardias civiles grabó cómo la mujer retiraba unos leños junto a la piscina y cargaba un bulto envuelto que sin duda era el cuerpo del pequeño, sin vida, y que luego cargaba en el maletero.

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Ana Julia Quezada, durante el juicio por el asesinato de Gabriel Cruz

Propio

La siguieron mientras la escuchaban por los micrófonos maldiciendo al pequeño y preguntándose qué haría con él. Los guardias civiles la detuvieron a las puertas de la casa que compartía con Ángel. Todavía gritaba entre sollozos sin saber nada. Cuando los investigadores abrieron el baúl, ninguno pudo contener las lágrimas, el dolor y la impotencia.

Ana Julia Quezada pidió perdón en su último turno de palabra en el juicio en el que aseguró que antes de matarlo “sin darse cuenta”, el niño le gritó y la insultó. No aclaró por qué lo hizo. Los investigadores no tienen dudas de que ella odiaba a Gabriel, estaba celosa de él, porque interfería en la relación con su padre. Fue la primera mujer en España condenada a prisión permanente revisable.

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